De la Beatlemanía al ARMY: cómo cambió la relación entre los artistas y sus seguidores
La llegada de BTS a Bogotá este 2 y 3 de octubre de 2026, con dos conciertos en el estadio Nemesio Camacho El Campín, permite mirar más allá del espectáculo musical. La presencia del grupo surcoreano en Colombia también sirve como punto de partida para una pregunta que atraviesa varias generaciones de música popular: ¿cómo pasó el público de ser simplemente seguidor de un artista a convertirse en parte activa de una comunidad global alrededor de él?.
La respuesta no comenzó con BTS.
Décadas antes existieron la Elvismanía, la Beatlemanía, los seguidores de Queen, Kiss, Bon Jovi, Menudo, Michael Jackson, Madonna, Shakira y muchos otros artistas que construyeron comunidades alrededor de su música.
Lo que cambia con BTS es la infraestructura tecnológica y social sobre la cual funciona esa relación.
El fan ya no necesariamente espera la revista, el programa de televisión, el disco o el próximo concierto para saber qué está haciendo su artista. Puede recibir contenido directamente, interactuar con otros seguidores, traducir canciones, producir videos, organizar actividades, participar en campañas y construir comunidades internacionales prácticamente en tiempo real.
Ahí aparece una palabra que hoy tiene una dimensión mucho más amplia que la de un simple club de seguidores: ARMY.
DESARROLLO DEL HECHO.
Bogotá como escenario de una comunidad global.
BTS llegó a Bogotá para realizar dos presentaciones en El Campín, los días 2 y 3 de octubre de 2026, dentro de su gira mundial ARIRANG.
La Alcaldía de Bogotá informó que cada jornada tendría una asistencia superior a 53.000 personas y que los dos conciertos proyectaban inicialmente un impacto económico de $126.054 millones, además de la llegada estimada de 36.000 turistas y la generación de más de 5.200 empleos.
La dimensión del evento también obligó a la ciudad a preparar dispositivos especiales de movilidad, seguridad, limpieza y manejo del espacio público. La administración distrital informó de medidas especiales de transporte y de un dispositivo policial para atender los conciertos.
Pero detrás de esas cifras hay otro fenómeno menos visible en las estadísticas oficiales: miles de personas que no llegaron solamente a escuchar canciones.
Llegaron como integrantes de una comunidad.
Y esa diferencia es importante.
¿Qué significa realmente ARMY?.
ARMY es el nombre con el que se identifica la comunidad de seguidores de BTS. El término corresponde a “Adorable Representative M.C. for Youth”.
Pero reducir ARMY a “los fanáticos de BTS” deja por fuera buena parte del fenómeno.
Un estudio de caso de Harvard Business School sobre BTS y su comunidad de seguidores analiza precisamente la utilización de las redes sociales y la comunicación directa con los seguidores como elementos fundamentales para la construcción de un ecosistema alrededor del grupo.
En otras palabras, existe una diferencia entre:
“Me gusta BTS”
y
“Soy parte de ARMY”.
La primera expresión puede describir una preferencia musical.
La segunda puede representar una identidad comunitaria.
Eso no significa que todos los seguidores tengan el mismo nivel de participación. Hay personas que simplemente escuchan las canciones y otras que participan activamente en comunidades, contenidos, traducciones, proyectos, campañas o encuentros.
Pero el fenómeno permite observar una transformación:
el fan consume la cultura; el fandom también puede producirla.
De escuchar una canción a construir una comunidad.
Durante décadas, la relación entre un artista y sus seguidores estuvo mediada principalmente por los canales disponibles.
El artista grababa.
La radio transmitía.
La televisión mostraba.
Las revistas informaban.
El público escuchaba, compraba discos, asistía a conciertos y, en algunos casos, escribía cartas o pertenecía a un club de fans.
La relación podía ser intensa, pero existía una distancia física y comunicacional mucho mayor.
La Beatlemanía es uno de los primeros ejemplos masivos de una comunidad de seguidores que convirtió la admiración musical en una experiencia colectiva. El Museo The Beatles Story de Liverpool sitúa el surgimiento del fenómeno en 1963 y recoge testimonios de seguidores que muestran hasta qué punto la relación con el grupo trascendió la escucha de sus canciones.
Los seguidores querían verlos, acercarse, conseguir un autógrafo, obtener fotografías y conservar objetos relacionados con ellos.
El fan quería estar cerca del artista.
Con el paso de las décadas esa necesidad no desapareció.
Cambió la manera de satisfacerla.
Elvis, The Beatles, Queen, Kiss y Bon Jovi: el fan como identidad.
Elvis Presley ayudó a consolidar la figura moderna del ídolo musical y la relación emocional intensa entre artista y público.
Después llegaron fenómenos como The Beatles, cuya Beatlemanía convirtió a sus seguidores en una comunidad reconocible internacionalmente.
Queen construyó alrededor de su música una identidad colectiva que continúa décadas después de la muerte de Freddie Mercury.
Kiss llevó la identidad visual, el maquillaje, los símbolos y la teatralidad hasta convertir la pertenencia de sus seguidores en una experiencia reconocible.
Bon Jovi desarrolló otro tipo de vínculo, especialmente alrededor de sus canciones, conciertos y permanencia generacional.
Menudo llevó el fenómeno de los grupos juveniles al mercado latinoamericano y demostró que la música podía crear comunidades de adolescentes alrededor de integrantes cuya imagen, personalidad y vida pública formaban parte del atractivo.
En todos esos casos existía algo más que una canción.
Existía pertenencia.
Pero todavía había una barrera tecnológica.
El artista podía estar en el escenario.
El fan estaba abajo.
Michael Jackson: cuando la comunidad comenzó a convertirse en memoria.
El caso de Michael Jackson permite observar otra transformación.
Su comunidad de seguidores no desapareció con su muerte en 2009. Por el contrario, diferentes grupos de fans continuaron creando espacios para conservar, discutir y difundir su obra.
Existen comunidades internacionales dedicadas a su música, archivos de fans, foros, proyectos y organizaciones que realizan actividades benéficas en su nombre.
Por ejemplo, el archivo MJJ Archives documenta una comunidad internacional de seguidores que comenzó a organizarse formalmente desde los años noventa y que incluso desarrolló presencia en internet en esa misma década.
Otro ejemplo es la Michael Jackson Fan Club Community, que documenta iniciativas de seguidores de diferentes países orientadas a proyectos benéficos. Una de estas organizaciones reporta haber identificado iniciativas de fans que han recaudado cientos de miles de dólares para causas sociales desde 2009.
Esto demuestra algo importante:
la comunidad no necesariamente desaparece cuando termina la relación presencial con el artista.
Puede transformarse en memoria, archivo, conversación y actividad colectiva.
Shakira y la comunidad global en la era digital.
El fenómeno tampoco es exclusivo de BTS.
Shakira representa una generación intermedia entre el modelo tradicional de estrella internacional y el ecosistema digital contemporáneo.
La artista mantiene actualmente presencia oficial en Instagram, TikTok, YouTube, Spotify, X y otros canales, además de espacios de comunicación con sus seguidores. Su plataforma oficial utiliza incluso el concepto de “Wolfpack” para identificar a su comunidad de fans.
Al mismo tiempo existen comunidades independientes de seguidores organizadas en diferentes países y plataformas.
La diferencia respecto de décadas anteriores es evidente:
un seguidor de Shakira no depende exclusivamente de una revista o de un programa de televisión para saber qué está haciendo la artista.
La información circula continuamente.
Y los seguidores también participan en esa circulación.
BTS: cuando el fan deja de ser solamente receptor.
Aquí aparece una de las claves del fenómeno BTS.
El grupo debutó en 2013, en un momento en que las redes sociales ya permitían una relación mucho más directa entre artistas y público.
La utilización de estas plataformas permitió construir una comunicación permanente y, de acuerdo con el análisis de Harvard Business School, ayudó a formar un ecosistema alrededor de BTS y sus seguidores.
Pero la tecnología por sí sola no explica el fenómeno.
También importa el contenido.
BTS ha construido buena parte de su narrativa alrededor de asuntos como identidad, juventud, inseguridad, autoestima, presión social, amor, pérdida y búsqueda del propio camino.
Eso permitió que diferentes generaciones pudieran encontrar alguna conexión con sus canciones o con los mensajes asociados al grupo.
Y existe otro elemento fundamental: la conversación continúa después de la canción.
La canción termina, la conversación continúa.
Un artista tradicionalmente podía publicar una canción y esperar que la radio, la televisión y la prensa ayudaran a llevarla al público.
En el ecosistema digital, la canción puede convertirse en el comienzo de una cadena de actividades.
Un fan escucha.
Busca la traducción.
Lee la letra.
Mira una entrevista.
Busca quién es cada integrante.
Ve una presentación.
Encuentra a otros seguidores.
Comparte contenido.
Aprende expresiones en otro idioma.
Hace una coreografía.
Produce un video.
Participa en una campaña.
Y vuelve a compartir la experiencia.
Ese proceso es especialmente relevante en el caso de BTS porque la mayoría de sus canciones están en coreano, aunque el grupo también ha publicado canciones en inglés y ha utilizado diferentes idiomas en su producción y comunicación.
El idioma, por tanto, no necesariamente constituye una barrera definitiva.
En muchos casos ocurre lo contrario:
el interés por el artista lleva al fan a interesarse por el idioma y la cultura.
El caso ARMY: de consumidor a participante.
La diferencia fundamental puede resumirse de esta manera:
El fan tradicional
“Me gusta este artista.”
El fan identificado
“Este artista representa algo con lo que me identifico.”
El fandom
“Hay otras personas que sienten lo mismo.”
La comunidad digital
“Podemos encontrarnos, comunicarnos y compartir.”
ARMY
“Podemos además producir contenido, traducir, organizar actividades, difundir información, apoyar campañas y participar colectivamente.”
No todos los seguidores hacen todas estas cosas.
Pero la infraestructura permite que algunas personas lo hagan y que ese trabajo sea aprovechado por toda la comunidad.
Ese es uno de los aspectos que diferencia a un fandom contemporáneo de un simple listado de admiradores.
¿Y qué pasa con el idioma?.
La pregunta resulta especialmente interesante en Colombia.
¿Cómo puede una agrupación que canta principalmente en coreano movilizar personas que no hablan coreano?
La respuesta no está solamente en la música.
Está también en la tecnología.
Las plataformas digitales permiten que los seguidores encuentren traducciones, subtítulos, explicaciones culturales y contenidos producidos por otros fans.
En consecuencia, el proceso puede funcionar al revés de lo que tradicionalmente esperaríamos.
No necesariamente:
aprendo coreano → descubro BTS.
Puede ocurrir:
descubro BTS → quiero entender lo que dicen → busco la traducción → me interesa el idioma y la cultura.
En este punto, el fandom puede adquirir incluso una dimensión informal de aprendizaje.
BTS y la comunicación con ARMY.
Otro cambio importante está en la percepción de cercanía.
BTS no puede mantener una comunicación individual con millones de seguidores. Sería imposible.
Pero las plataformas digitales permiten establecer mecanismos de comunicación colectiva y selectiva.
Weverse, por ejemplo, permite a los seguidores interactuar dentro de comunidades dedicadas a los artistas, enviar mensajes y acceder a contenidos y transmisiones.
La plataforma mantiene incluso espacios específicos de comunicación de fans y reglas para la convivencia dentro de la comunidad.
Esto crea una sensación de proximidad que era mucho más difícil de producir en décadas anteriores.
El fan de The Beatles podía esperar una carta, una entrevista o un encuentro casual.
El fan contemporáneo puede escribir un mensaje, participar en una transmisión, comentar una publicación o recibir una respuesta puntual.
Eso no significa que exista una relación personal entre cada fan y cada integrante de BTS.
Se trata de una cercanía mediada por plataformas y comunicación colectiva.
La relación también puede ser simbólica.
Hay otro aspecto que merece atención.
BTS no solamente ha construido una comunidad alrededor de canciones y entretenimiento.
Su trabajo con UNICEF a través de la campaña LOVE MYSELF vinculó al grupo y a sus seguidores con mensajes relacionados con autoestima, respeto y prevención de la violencia.
UNICEF informó que la campaña desarrollada junto con BTS y su agencia había movilizado más de 8.900 millones de wones hasta 2024 y que posteriormente la colaboración se amplió con iniciativas relacionadas con el bienestar y la salud mental.
Esto no significa que BTS sea responsable de la salud mental de sus seguidores ni que una canción pueda sustituir una atención profesional.
Pero sí demuestra que una comunidad musical puede convertirse también en espacio para conversaciones sociales.
Y allí aparece otra diferencia frente al modelo tradicional:
el fandom puede convertirse en una red capaz de movilizar acciones fuera del escenario.
¿Por qué una persona de 79 años puede ser ARMY?.
Aquí aparece una pregunta que quizá sea más interesante que las cifras.
¿Por qué una persona mayor puede terminar formando parte de una comunidad que muchos asocian exclusivamente con adolescentes?
La respuesta está precisamente en que ARMY no tiene una única puerta de entrada.
Una persona puede llegar por un hijo.
Por un nieto.
Por una canción.
Por una presentación.
Por una historia personal.
Por curiosidad.
Por las letras.
Por los integrantes.
Por el idioma.
Por la cultura coreana.
O simplemente porque encontró algo en esa música que le produjo identificación.
El caso de una mujer de 79 años que inicialmente se acercaba al fenómeno como acompañante de jóvenes y terminó aprendiendo los nombres de los siete integrantes, buscando traducciones y tratando de cantar algunas de sus canciones en coreano ilustra una transformación muy concreta:
de acompañar a alguien que pertenece al fandom a querer entender y participar de aquello que ese alguien vive.
No demuestra por sí solo una tendencia estadística.
Pero sí ayuda a entender algo fundamental: la edad no determina por sí sola la posibilidad de pertenecer a un fandom contemporáneo.
Del fan al ARMY: ¿es realmente una evolución?.
Aquí conviene hacer una precisión.
No todo fan de BTS necesariamente se convierte en ARMY activo.
Una persona puede escuchar sus canciones, asistir a un concierto y no participar nunca en una comunidad digital.
Por eso sería incorrecto establecer una línea rígida.
Pero sí puede observarse una progresión posible:
escucho → me gusta → sigo → conozco → participo → me identifico → pertenezco.
En ese recorrido, el concepto de fandom adquiere una dimensión diferente.
El seguidor deja de ser solamente consumidor.
Se convierte también en participante.
ANÁLISIS ESTRUCTURAL.
La historia de la música popular permite observar una transformación gradual.
Primera etapa: el ídolo y el público
Elvis y otros artistas consolidaron la figura del ídolo moderno.
Segunda etapa: la comunidad masiva
The Beatles llevaron la relación entre artista y público a una escala internacional conocida como Beatlemanía.
Tercera etapa: identidad y pertenencia
Grupos como Queen, Kiss, Bon Jovi y Menudo demostraron que los seguidores podían construir identidades colectivas alrededor de estilos, símbolos y generaciones.
Cuarta etapa: la comunidad global
Michael Jackson mostró que una comunidad internacional podía mantenerse organizada alrededor de un artista y continuar activa incluso después de su muerte.
Quinta etapa: la comunidad digital
Artistas como Shakira desarrollaron comunidades globales en un entorno donde las redes sociales permiten comunicación continua entre artista y seguidores.
Sexta etapa: el fandom como ecosistema
BTS lleva ese modelo a un escenario en el que música, redes sociales, plataformas de comunicación, traducciones hechas por fans, contenido generado por usuarios, transmisiones y acciones colectivas pueden funcionar simultáneamente.
Por eso el fenómeno BTS no debe analizarse únicamente desde la cantidad de personas que asisten a un concierto.
Debe analizarse desde la arquitectura de la comunidad.
CONTEXTO INTERNACIONAL.
El fenómeno BTS también forma parte de un proceso mayor conocido como Hallyu o Korean Wave, la expansión internacional de productos culturales surcoreanos, entre ellos la música popular y los dramas televisivos.
Pero es importante no confundir los fenómenos.
BTS no surgió de los K-dramas.
BTS pertenece directamente al K-pop y se incorporó a una industria cultural surcoreana que ya venía desarrollando estrategias de internacionalización.
Lo particular de BTS fue la combinación de música, narrativa, comunicación digital y una comunidad global de seguidores.
La experiencia demuestra que la globalización cultural ya no funciona exclusivamente desde los grandes medios hacia las audiencias.
También funciona horizontalmente:
fan con fan.
Un seguidor de Colombia puede explicar una canción a otro de México.
Uno de España puede traducir una entrevista.
Uno de Corea puede explicar una referencia cultural.
Otro puede crear un video.
Y todos pueden terminar formando parte de la misma conversación.
IMPACTO LOCAL: ¿qué significa ARMY para Colombia y el Caribe?.
Los conciertos de Bogotá muestran que el fenómeno tiene consecuencias que van más allá del entretenimiento.
La Alcaldía de Bogotá estimó un movimiento económico superior a $126.000 millones alrededor de las dos presentaciones y proyectó la llegada de 36.000 turistas.
Eso significa hoteles, restaurantes, transporte, comercio, servicios, actividades turísticas y otros sectores vinculados al desplazamiento de los asistentes.
Pero para el Caribe colombiano existe una lectura adicional.
Barranquilla y la región tienen una larga experiencia en turismo asociado a eventos culturales y musicales.
El fenómeno BTS plantea una pregunta para los sectores turístico, educativo, cultural y empresarial:
¿puede una comunidad internacional de seguidores convertirse también en un actor de movilidad turística y cultural para otras ciudades colombianas?
La respuesta no puede darse solamente a partir de los conciertos de Bogotá.
Requiere observar datos de ocupación hotelera, gasto turístico, procedencia de visitantes, permanencia, actividades realizadas antes y después del evento y comportamiento de las comunidades digitales.
Pero el caso ya permite identificar una tendencia que merece seguimiento.
¿Hasta dónde puede llegar ARMY?.
Esta probablemente sea la pregunta más difícil.
Porque ARMY no es solamente una comunidad alrededor de un grupo musical.
Es también un ejemplo de cómo puede funcionar el fandom en la economía cultural digital.
El futuro de estas comunidades podría incluir una participación cada vez mayor en:
promoción de contenidos;
traducción y circulación internacional;
creación de contenido;
experiencias presenciales;
turismo musical;
productos oficiales y no oficiales;
proyectos sociales;
actividades culturales;
aprendizaje de idiomas;
comunidades digitales;
encuentros internacionales.
La industria musical, por su parte, tiene ante sí una realidad distinta.
Antes necesitaba principalmente producir una canción que llegara al público.
Ahora también necesita comprender qué ocurre con esa canción después de ser publicada.
Porque el contenido ya no termina necesariamente en el consumidor.
Puede convertirse en conversación, video, traducción, meme, coreografía, campaña, encuentro o proyecto colectivo.
La verdadera transformación: el fan también produce.
Quizá la principal enseñanza del fenómeno BTS no sea que millones de personas aprendieron canciones en coreano.
Tampoco que una agrupación surcoreana pueda llenar estadios en América Latina.
La transformación más profunda está en otro lugar.
El fan dejó de ser únicamente el punto final de la cadena musical.
Puede convertirse en parte de ella.
Escucha.
Comparte.
Traduce.
Explica.
Organiza.
Produce.
Convoca.
Defiende.
Critica.
Participa.
Y, en determinadas circunstancias, también moviliza recursos alrededor de una causa.
Eso no comenzó con BTS.
La Beatlemanía ya mostró que el público podía construir una identidad colectiva alrededor de un artista.
Michael Jackson demostró que esas comunidades podían sobrevivir durante décadas y mantener actividades propias.
Shakira representa el tránsito hacia comunidades globales conectadas permanentemente.
BTS aparece en una etapa donde esa comunidad puede funcionar prácticamente en tiempo real y a escala internacional.
CONCLUSIÓN PERIODÍSTICA.
De la Beatlemanía al ARMY hay más de seis décadas de transformaciones en la industria musical y en las tecnologías de comunicación.
El fan de ayer necesitaba comprar un disco, escuchar la radio, mirar televisión, leer una revista o esperar un concierto para acercarse a su artista.
El fan contemporáneo puede estar conectado con una comunidad durante todo el día.
La diferencia no está únicamente en la tecnología.
Está en lo que la tecnología permite construir alrededor de la música.
BTS representa una etapa en la que el fandom puede funcionar como una comunidad global, participativa y productora de contenidos, experiencias y acciones colectivas.
El concierto de Bogotá permite verlo físicamente: decenas de miles de personas reunidas en El Campín.
Pero la verdadera comunidad no cabe en un estadio.
Está también en las conversaciones digitales, en las traducciones, en los contenidos creados por seguidores, en quienes aprenden nuevas palabras para comprender una canción y en quienes descubren que detrás de un artista existen millones de personas que comparten una experiencia.
Quizá esa sea la evolución que explica mejor el recorrido:
del fan que quería estar cerca del artista al fan que también quiere estar cerca de otros fans.
Y allí, precisamente, comienza la historia contemporánea del fandom.
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